Juan Iglesias ha puesto palabras a una aspiración que sigue intacta a los 28 años: jugar con la selección española. La tesis del lateral del Sevilla FC resulta sencilla y, precisamente por eso, sólida: el sueño no debe medirse por la dificultad de alcanzarlo, sino por la obligación de trabajar como si la oportunidad pudiera aparecer. No hay reivindicación airada ni exigencia de una convocatoria. Hay ambición, preparación y una aceptación clara de todo aquello que un futbolista no puede controlar.
“Creo que todo el sueño de todo jugador es ir a la selección”, afirmó el jugador. La frase no presenta esa meta como una ocurrencia personal ni como una declaración calculada para reclamar atención. Iglesias la sitúa en el centro de la carrera de cualquier profesional. En su caso, la edad añade contexto: con 28 años, el objetivo no aparece como una fantasía de formación, sino como una posibilidad que todavía considera parte de su recorrido.
El propio futbolista entiende la dimensión del reto. España cuenta, según explicó, con algunos de los mejores jugadores del mundo, una competencia que convierte cualquier convocatoria en una conquista especialmente exigente. Esa realidad no le lleva a rebajar el objetivo. Al contrario, le obliga a formularlo con más precisión: si el nivel de la selección es tan alto, la respuesta no puede ser esperar una oportunidad por simple merecimiento, sino tratar de estar preparado cuando llegue.
Ahí está la parte más interesante de su razonamiento. Iglesias insistió en que un jugador debe marcarse una meta y hacer todo lo posible para alcanzarla, aunque algunas circunstancias no dependan de él. La idea no es menor. Una lesión, una decisión técnica o una convocatoria pueden abrir o cerrar caminos sin que el futbolista tenga capacidad directa para provocarlos. Lo único controlable es la preparación previa. Sin ella, incluso una oportunidad inesperada se convierte en una ocasión perdida.
La oportunidad no se reclama, se sostiene
El argumento tiene un respaldo en la propia trayectoria que el defensa relató. Su camino no fue el de quien llega muy pronto al primer nivel y permanece desde el inicio bajo los focos. Pasó por la cantera del Valladolid, el filial del Logroñés y el Getafe antes de consolidarse en Primera División. También recordó que salió del club de su ciudad en una situación especialmente complicada, cuando le comunicaron el último día de mercado que no contaban con él. Aquella decisión, que calificó como el golpe futbolístico más duro de su carrera, terminó abriendo una vía distinta.
Ese recorrido explica por qué su postura resiste el mejor contraargumento: la selección española no depende solo del rendimiento individual. Iglesias lo sabe y lo dice sin rodeos. No basta con proponerse el objetivo, porque la competencia es extraordinaria y hay factores ajenos al jugador. Pero reconocer ese límite no convierte el sueño en ingenuidad. Lo vuelve más honesto. La alternativa sería utilizar la dificultad como coartada antes de haber agotado las propias posibilidades.
La posición del futbolista no promete una convocatoria ni reclama una deuda. Defiende algo más razonable: que ningún jugador debería renunciar antes de tiempo a la meta que considera más grande. Sí puede llegar preparado. Y esa es la conclusión que deja su declaración: en una selección con algunos de los mejores jugadores del mundo, el sueño quizá no dependa por completo de él, pero la conciencia de haberlo perseguido sí.