La gestión de Luis García Plaza quedó expuesta en un partido que el Sevilla tuvo bajo control durante buena parte del encuentro y que terminó convertido en un intercambio de golpes. La cuestión no se limita a decidir si Fofana debía ser sustituido o no. El problema táctico aparece antes: el equipo dependía demasiado de la energía del francés para sostener la presión, ganar metros y mantener lejos al rival. Cuando esa fuente de dominio se agotó, el banquillo no encontró una respuesta capaz de conservar la estructura.
El Sevilla había construido una ventaja de 0-2 y durante unos 55 minutos ofreció una versión dominante. La pérdida de control posterior no se explica solo por el empuje del contrario. También tiene que ver con la forma en que el conjunto nervionense dejó de tener jugadores capaces de recibir, proteger la pelota y darle continuidad a cada posesión. Ahí se cruzan el desgaste de Fofana, la lesión de Miguel Sierra y una segunda unidad que no mejoró el plan inicial.
Fofana, un mediapunta de alto desgaste
La decisión inicial de colocar a Fofana como mediapunta o tercer centrocampista, más cerca del delantero que del doble pivote, fue uno de los aciertos del técnico. Desde esa altura, el francés podía presionar más arriba, pisar el área y aprovechar su capacidad para conducir el juego con metros por delante. La posición también le permitió participar en acciones decisivas, como la jugada del tercer gol, en la que bajó el balón y se lo entregó a Isaac Romero. [15:50]
El mecanismo tenía una contrapartida evidente. Fofana no ocupaba una zona de espera, sino que debía saltar a la presión, ayudar en la circulación y recorrer muchos metros para aparecer cerca del área. Mientras mantuvo el nivel físico fue dominante, hasta el punto de que el Sevilla parecía funcionar al ritmo que imponía el francés. A partir del tramo comprendido entre los minutos 70 y 75, la pérdida de energía redujo su capacidad para presionar y también la salida del equipo.
La alternativa planteada pasaba por retrasarlo junto a Lucien Agoume. No habría sido un cambio de jugador, sino de exigencia: una posición algo más posicional podía reducir sus desplazamientos y reservar parte de su potencia para las apariciones ofensivas. La solución no garantizaba que el Sevilla conservara el control, pero sí podía evitar que Fofana tuviera que jugar todo el partido a máxima intensidad.
La lesión de Miguel Sierra y la pérdida de salida
La lesión de Miguel Sierra alteró otro mecanismo esencial. El centrocampista era señalado como uno de los jugadores más importantes para aguantar la pelota y dar calidad a la primera salida. Rubén Vargas aparecía como una alternativa de peso en esa misma función, pero no estaba disponible en plenitud. Sin esos recursos, el Sevilla empezó a regalar posesiones y el rival pudo instalarse más cerca del área. [20:17]
La consecuencia fue progresiva. Los centrales, ya cansados, despejaban cada vez más corto; Fofana y Agoume no podían sostener el mismo despliegue; y los atacantes que entraron no lograban fijar el balón arriba. El equipo dejó de avanzar tras recuperar y pasó a defender acciones consecutivas. Así se entiende que el rival encontrara segundas jugadas y rechaces: no era solo una cuestión de defender peor, sino de no poder salir.
Un banquillo sin capacidad para cambiar el partido
Los primeros cambios llegaron condicionados por la lesión de Sierra y el agotamiento de Robiour, pero su rendimiento agravó el problema. Alfon y Julio Díaz fueron valorados negativamente por su aportación, mientras que Isaac Romero marcó, pero tampoco consiguió ganar duelos suficientes para conservar la pelota. El Sevilla perdió profundidad, no pudo estirar al rival y terminó demasiado cerca de su propia área.
Ahí aparece la responsabilidad de García Plaza. El banquillo ofrecía recursos limitados, pero la elección también podía haber protegido mejor al equipo: retrasar a Fofana, colocar a Guridi en una posición más natural o apostar por un jugador con capacidad para retener la posesión. La lectura transmitida por los cambios fue de repliegue, aunque el plan necesitaba justo lo contrario: alguna amenaza a la contra que obligara al rival a guardar distancia.
El empate conecta tres problemas. Fofana sostuvo el dominio inicial, pero su despliegue tenía un coste; la lesión de Miguel Sierra eliminó una vía fiable para conservar el balón; y los relevos no pudieron cubrir ninguna de las dos carencias. El Sevilla no perdió el control de golpe: lo fue entregando hasta quedar encerrado, con los despejes cortos y sin un jugador capaz de enfriar el partido. La evolución del equipo dependerá de que García Plaza encuentre una forma de dosificar al francés y de que el centrocampista o Rubén Vargas vuelvan a ofrecer una salida que Alfon y Julio Díaz no dieron desde el banquillo.